XUXURLAK

No existe un preludio número uno del clave bien temperado, existen todos lo que la mente humana pueda pensar y todos, absolutamente todos, son geniales.

La vida del intérprete, podríamos decir que también la vida en toda su extensión es una búsqueda de sentido. Esto se hace evidente, más que nunca en estos días, en los que estamos experimentando cómo hacer cosas que tengan sentido es una labor casi heroica. Vivimos inmersos, a veces sin saberlo, en el no pensar ya que esta acción requiere de un agotador esfuerzo y preferimos abandonarnos en la arropada comodidad del consumo y la distracción que nos evite tomar parte de algo desde nuestros propios valores individuales.

En el mundo de la interpretación, también buscamos el refugio del grupo, nos sentimos más empáticos con aquellos que valoran la misma interpretación de los estudios de Chopin como nosotros, o consideran que no hay una versión de aquella sinfonía de Mahler dirigida por aquel director de orquesta que pueda ser superada nunca. Es en ese momento, cuando nos abandonamos, nos acomodamos y desde nuestro recóndito narcisismo nos hacemos masa para acallar la originalidad y la valentía que nace de la sabiduría individual.

Recientemente, el teólogo y ensayista Rob Riemen ha publicado un libro en el que nos recuerda cómo el cultivo del alma es la búsqueda de la sabiduría y que es precisamente en esta búsqueda, donde reside el Humanismo como base de la cultura europea, una cultura que ha reivindicado aprender a vivir con verdad, con justicia, y creando belleza.

Josu Okiñena ha emergido en el actual panorama interpretativo como un claro ejemplo de esa labor heroica que nos lleva a tomar parte de algo desde nuestros propios valores individuales. Ha elevado la investigación al ámbito de la belleza, y desde parámetros completamente científicos, ha reivindicado la música de autores vascos como Aldave, Donostia, Lavilla o Garbizu a la máxima expresión humanista que nace de la creación, de la más pura belleza interpretativa. Okiñena, que podía haber optado por sumarse a la masa y ofrecernos versiones estándar más apropiadas para esta sonora sociedad Kitsch a la que tanto molesta pensar desde lo individual, ha obviado lo inmediato, la ley del mercado, el gusto actual que se ha convertido en transitorio y, desde el heroico esfuerzo del pensar, nos ofrece todo un cosmos en el que todas las opciones estéticas son válidas, pero de entre las que él decide elegir una que fundamenta a través de lo trascendente. Ha elevado la música de autores vascos a la cima más alta, pero ha hecho lo mismo con Satie, con Bach o con Liszt. Ha creado una forma de pensar y abordar una Balada de Liszt desde los mismos parámetros que un preludio de Donostia, o una Bagatela de Aldave o un concierto para piano de Bach. En esos momentos, es cuando el exasperado interprete vislumbra un momento de meridiana claridad que, durante unos breves segundos, hace que el corazón se pare y el silencio se transforme en sonido. Okiñena nos enseña que el intérprete es entonces cuando puede sentir ese lugar genuino a donde solo él puede llegar; el lugar donde la nitidez se apodera de la celda en la que nos paramos a pensar y todo de repente cobra sentido, como si todo acabara de eclosionar.

Okiñena eclosiona en cada interpretación pese que sabe que es imposible hacer que esos instantes permanezcan para siempre, y por mucho que el intérprete quiera aferrarse a ellos, y ofrecérselos al oyente, se desvanecen antes del inusitado intento de recordarlo. Okiñena, a través de sus interpretaciones, muestra a quienes quieran verlo, que ha entrado en ese espacio-tiempo en el que sólo unos pocos han vivido esa experiencia, es ese espacio-tiempo el que nos transporta de vuelta al presente y entonces nos damos cuenta de que la interpretación es justo como tiene que ser: efímera e irrepetible.

OE.