APRENDER DE NUEVO A SER HUMANO, EL ARTE DE SER FELIZ.

Aprender de nuevo a ser humano, el arte de ser feliz.

¿Quién es Johann Sebastian Bach? Me hago esta pregunta porque hoy, en esta sala de conciertos, al ser humano al que la cultura musical europea considera uno de sus pilares indiscutibles, un canon al que mirarse cuando lo ha perdido todo, no lo veo sentado en una butaca de este Auditorio.

Tampoco veo ni escucho instrumentos de la época de Bach. Científicamente, ni el sonido provocado por aquellas cuerdas de tripa de la época, aquellos oboes, fagotes o clavicordios, pueden sonar igual a los sonidos que hoy vamos a escuchar. No huele a cera de vela que ilumina las partituras que han de interpretar los músicos, y tampoco sabemos con certeza que los textos que hoy los músicos interpretan, se parezcan en su totalidad a lo que Bach escribió, ya que nos han llegado partituras trascritas y transcritas a lo largo de los siglos por otros autores, copistas e intérpretes que, por un momento, alzando su valentía por encima de su devoción, modificaron una frase, una nota, un adorno, sabiendo que con ese acto modificarían en el oyente el cómo nos relacionamos con la trascendencia.

Entonces, ¿Qué estamos escuchando hoy? Los intérpretes, tanto los sumergidos en el poderoso pero a la vez acogedor Tutti, como los solistas que emergerán de ese Tutti para ofrecernos en un suspiro todas sus vivencias de una sola vez, lo tienen muy claro, están jugando: Playing Bach.

Adriana Tanus, ha establecido unas no normas para este juego: “-Solo jugaremos al más olvidado arte, el de ser feliz-” les ha dicho. Y desde ese parámetro, hemos estado viendo y escuchando ensayo tras ensayo como Adriana ha entretejido un programa en el que reflejarnos, en el que buceemos hasta encontrar aquellos recuerdos, algunos ya demasiado escondidos por el polvo, en los que fuimos plenamente felices. Es en ese preciso momento, en el que Adriana Tanus hace presente a Johann Sebastian en la sala.

La orquesta lleva mucho tiempo jugando a este juego y se nota. No hay más que fijarse en como en esta feliz carrera por el sonido bello, se entregan los testigos y como, conocedores del núcleo social que son cuyo cometido es el de emocionar, saben cuándo tienen que afrontar su frase solista, cantarla bajo la atenta mirada de Adriana para de nuevo, ante la modestia que solo desde la felicidad se puede conocer, zambullirse en el Tutti y ceder la frase protagonista a otra compañera o a otro grupo de amigos.

Me acuerdo ahora de El juego de los Abalorios de Hermann Hesse porque a este juego se han unido tres indiscutibles talentos a los que les gusta jugar a aprender de nuevo a ser humanos. Están en la primera línea de juego, allí donde las grandes multinacionales dejan claro cuál es su cometido. Están en ese lugar en el que en cada segundo hay que estar alerta, porque la zarpa de la pantera está siempre preparada para desgarrarte la garganta en cada esquina. Arriba en ese tipo de cimas, la libertad se achica tanto que casi deja de existir, cada paso es una renuncia y cada llamado triunfo, un mortal espejismo. Por eso, Alberto Martos, Pablo Martos y Josu Okiñena son dignos representantes de lo que George Steiner definió como “Aprender de nuevo a ser humano”.

Pablo Martos, quien acaba de firmar una de las más bellas interpretaciones jamás escuchadas de los conciertos para Violin de F. J. Haydn, se entrega desde la más profunda de las libertades, Pablo es un hombre libre, a jugar con el joven de 14 años Adrián Verdugo para ofrecernos un paseo por el emblemático BWV 1060. Un paseo digno del propio Settembrini allí en la cima de esa Montaña Mágica, pero en la mejor de las versiones del paseo, en la versión en la que el sol nos acaricia a través de la suave brisa y el arroyo que Mahler describiría mucho después, se escucha pletórico de vida.

Josu Okiñena, ha querido que recordemos que la felicidad es irrenunciable a nuestra condición de ser humano con su interpretación del BWV 1056. Todo lo bello y bueno de la condición humana lo encontramos desde el mismo arranque del concierto. Nos enseña que la bravura puede ser delicada, que el solista no es nadie sin la compañía de los otros y que siempre hay otro pianissimo posible que nos recuerde para qué estamos aquí.

Alberto Martos nos recuerda el consejo de Schopenhauer en El arte de ser feliz, cuando dice que una de las mayores insensateces y de las más frecuentes, es hacer amplios preparativos para la vida. Alberto hoy ha preferido estar en el grupo, sumado al sonido común, ese mismo sonido que cuando se vuelve solista es de los más arrebatadores que hoy en día se puedan escuchar en las salas de conciertos de todo el mundo. La libertad real le permite hacer estas cosas, es su manera de aprender a ser humano.

Para terminar, reivindicar al tío Toby, el tío de Tristram Shandy que todos llevamos dentro. Este tío Toby, que suena en cada frase de un coro apoyado en lo maternal de la orquesta, y que nos hace cruzar esa cancela de madera, poseedores de toda la fuerza que la felicidad nos puede dar, para enfrentarnos a todos los desafíos que la vida ha de depararnos, sabidos con antelación de fracasos, pero conocedores de que podemos de nuevo aprender a ser humanos.

OE Oficina